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Robin Cembalest 
Mayo - Junio 2011 

 

De: Cembalest, Robin "COMMENTARY: Making Themselves useful [Artists, activism, and political realities]", ARTnews, vol. 110, no.5, Nueva York, Estados Unidos, Mayo 2011

______________________, "COMMENTARY: Making Themselves useful [Artists, activism, and political realities]", ARTnews, vol. 110, no.6, Nueva York, Estados Unidos, Junio 2011

 

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COMENTARIO: Haciéndose útiles Artistas, activismo y realidades políticas

Por Robert Cembalest

 

En el Museo de Arte Queens el año pasado Tania Bruguera instaló una pieza que se veía exactamente igual a la Fuente de Duchamp: el mismo modelo de urinario, la misma firma “R. Mutt”. La diferencia crucial: este se encontraba en un baño para hombres… y funcionaba.

 

“Pueden verlo y pueden orinar en él”, le decía a la multitud reunida ante el escaparate de una tienda en Corona, Queens, el vecindario donde este año se encuentra. Es la sede del Movimiento Inmigrante Internacional, un proyecto que concibió como un “movimiento sociopolítico iniciado por artistas”. Presentado por Creative Time y el Museo de Queens y financiado por la Fundación Annenberg, la Fundación Rockefeller y otros, el proyecto pretende operar en la coyuntura que forman el arte, la política y la comunidad, examinando y, es de esperar, mejorando las condiciones de la vida de los inmigrantes.

 

Ese día, sin embargo, un público casi todo del mundo del arte se había reunido para examinar una de las frases reiteradas de Bruguera: “arte útil”. Para ayudar a definirlo, varios artistas explicaron sus propios enfoques. Entre los presentadores se encontraba Mel Chin, que en estos momentos cabildea para sacar plomo de la tierra de Nueva Orleáns; Rick Lowe, quien construyó el “Proyecto Casas en Hilera” de Houston, y Patrick Bernier y Olive Martin, de Francia, quienes usan un enfoque literalmente novedoso: intentan detener deportaciones inminentes aduciendo que los inmigrantes son artistas y escritores. La multitud batallaba con preguntas desafiantes: ¿Qué cualidades específicas traen los artistas a la política? ¿Qué criterios deben utilizarse para juzgar el “arte útil”, en tanto que arte y activismo eficaz? ¿Pueden los artistas que trabajan sobre la inmigración, la contaminación y la vivienda ser parte de la solución? ¿O, como también tienen participación en museos y mercados, son sólo parte del sistema como todos los demás? ¿Pueden los artistas salvar al mundo? Si no ellos tratan de hacerlo, ¿cuál es la alternativa?

 

Aunque el debate no brindó respuestas firmes, sin dudas contribuyó a aclarar las preguntas en un momento de urgencia. De un modo u otro, los artistas han actuado como activistas durante siglos. Pero parece que cada vez más los artistas del mundo conciben proyectos que aprovechan sus sensibilidades creativas –y, de modo significativo, sus perfiles internacionales– para elevar la conciencia y, a un tiempo, mejorar las condiciones de vida. Swoon, con base en Brooklyn, por ejemplo, ayudó a crear un centro comunitario y refugios en Haití. Vik Muniz aboga por los basureros en Brasil. Y de modo más famoso y ominoso, Ai Weiwei criticó la mala calidad de la construcción de escuelas en las zonas de terremotos de China, junto con otras políticas oficiales, lo que provocó su detención en abril pasado.

 

El mundo del arte denunció rápida y unilateralmente su arresto y el Guggenheim lanzó una petición en línea exigiendo la liberación de Ai. No se sabe si los funcionarios chinos verán las 127 789 firmas (en el momento que esto se publica). Pero si no, ¿qué alternativa hay? La petición mantiene vivo el asunto y permite a las personas sentir que sus voces se escuchan, o al menos que las escucha alguien. Dadas las realidades de las exposiciones viajeras y los préstamos, entre otros embrollos culturales, políticos y financieros, los varios directores de museos con los que hablé consideraron muy poco viable la perspectiva de sanciones-medidas más tangibles –o de un boicot.

 

Pero otros están pensando en el boicot como opción estratégica del activismo. Un grupo organizado por los artistas Walid Raad y Emily Jacir dieron a conocer una petición en que demandan una reglamentación más estrecha de las condiciones de trabajo de los trabajadores inmigrantes en el Guggenheim Abu Dhabi; algunos de los firmantes ya boicotean el museo hasta que se hayan establecido “procedimientos plenamente verificables para proteger los derechos de los trabajadores”. El museo respondió que Human Rights Watch brinda una “imagen inexacta” del avance que se ha realizado y se continúa realizando. Artistas anónimos lanzaron otra petición protestando contra el despido del director de la Fundación Sharjah Art, Jack Persekian, por una pieza supuestamente ofensiva mostrada en la bienal del emirato en la primavera pasada. Algunos de los firmantes de esta petición también han planteado la posibilidad de un futuro boicot.

 

A partir de estos esfuerzos resulta evidente que, según surgen centros de poder en el mundo del arte fuera de sus capitales largo tiempo tradicionales, la forma de evaluar e influir en los temas de los derechos humanos se ha ido complicando. “No creo que estas sean las últimas peticiones que veamos,” dice Nato Thompson, el curador jefe de Creative Time, quien las compara con el activismo de redes sociales en Túnez, Egipto y otras partes. “Se trata de ecuaciones nuevas. Los artistas están encontrando que pueden organizarse y tener poder de un tipo que antes no era suyo –observa–. Encuentran formas en que su comunidad puede exigir un comportamiento ético.” Pero cada campaña está plagada de complejidades propias. ¿Son peores las condiciones del Guggenheim Abu Dhabi que las de otros museos en el mundo en desarrollo? ¿Cortará un boicot las líneas de comunicación con instituciones extranjeras? ¿Hay momentos en que las soluciones pueden convertirse en parte del problema? ¿Puede el mundo del arte influir realmente en la política china de derechos humanos?

 

Thompson al menos no se hace ilusiones: “No creo que será un arreglo rápido –dice, observando el ejemplo del Dalai Lama–. ¿Pero cuándo son rápidos los arreglos?